Origen del souvenir

Souvenir (del francés, recuerdo), es ya un elemento omnipresente en nuestras vidas. Es difícil encontrar actualmente una vivienda que no tenga incorporados a su decoración una figurita, jarra, imán o dedal y entre otros elementos que nos enlazan con neutros recuerdos.


Reviviendo tus recuerdos

En un intento de no dejar escapar de su mente las experiencias vividas en sus viajes, el viajero adquiere ese artículo quizás para rememorarlas el resto de su vida, para convertirlas en algo tangible, algo material, y de paso mostrarlas así a las visitas y amigos de su hogar-escaparate.


¿Símbolo de estatus? ¿Cultura kitsch?, queda pendiente este tema para tratarlo en otro artículo de nuestro Blog. Aquí nos vamos a centrar sólo en su historia y su evolución a lo largo de las décadas.


Historia

¿Podemos fijar cuando surgió la idea de adquirir recuerdos de viaje, bien para “consumo propio”, bien para regalar? Hacia el año 700 a.c. en Grecia, el propio Homero nos relata en su Odisea cómo Ulises iba recopilando regalos-recuerdos de sus fantásticos viajes.


Más tarde, en el siglo I d.c., fue el artesano romano Caius Valerius Verdullus quien creo las tendencia de los vasa potoria, los únicos vasos que cumplían una doble función: servían para beber y también resultaban perfectos para guardar como recuerdo, ya que en ellos figuraba una leyenda alusiva a lo representado en el vaso además de la firma del autor.


Encontramos también la vertiente religiosa del souvenir en los peregrinos griegos y romanos que coleccionaban pequeñas imágenes de santos y dioses. Más tarde, los cristianos siguieron la costumbre en la Edad Media con las conchas del Camino de Santiago, decorando los sombreros, los hábitos y las capas. Geoffrey Chaucer lo contó en sus Cuentos de Canterbury.